
La canción no para de sonar y el peso del aburrimiento se hace notar en una tarde cualquiera de verano.
Me asombra ver como la humanidad ha llegado tan lejos en el afán de prevalescer sus interéses sin importar absolutamente nada. En lo cotidiano, me toca muchas veces ver como los padres de chicos que van a la plaza a jugar, tal como lo hago con mi hijo, no tienen ningún reparo en preparar casi militarizadamente a sus hijos para enfrentar lo que muchos de nosotros detestamos y conocemos como vida moderna.
Las comodidades en exceso siempre fueron amigas cercanas del sedentarismo y eso me desilusiona. Los avances en la tecnología no hacen más que facilitarnos cosas que no representan ninguna necesidad real para el desarrollo de nuestras vidas, muy por el contrario, nos distraen haciéndonos ver que necesitamos tal o cual producto de avanzada, y si es con una imagen corporativa que refleje vanguardia mucho mejor, me queda la sensación que las motivaciones para adquirir estas cosas no van mas allá que la sed de estatus que un reducido porcentaje de la humanidad puede conseguir para andar “a la par”.
Una amiga me contaba que en España hay una fiebre obsoletista que está bastante relacionada con lo que comentaba anteriormente, en muchas zonas la gente bota cosas que aún funcionan, desechan cosas que pueden servirnos, atraídos por ese confort materialista de tener lo que está en voga, ese placer innegable que depositamos en lo material para satisfacer nuestras tristezas y frustraciones. Desde el personal stereo al ipod, del telégrafo al celular, y así…la dinámica comercial que nos mantiene sedados constantemente nos ofrece nuevas alternativas de felicidad comprimida en un pedazo de plástico, en lo que supuestamente podemos lograr proyectar hacia el resto.
Reproducimos una vez más todo lo que entra por nuestros ojos para mostrarnos llenos de una prosperidad con falta de emociones, refugiada en la imagen que podemos proyectar. La gran máquinaria dispuesta para el control de nuestras vidas a través de estereotipos creados no deja de funcionar, se instauran modas, se cualitatizan las maneras de vivir, se le da valor a las cosas según un juego especulativo que nos lleva en muchos casos a perder la razón a la hora de priorizar lo escencial de nuestras vidas, como si realmente disponiésemos de mucho tiempo para vivir…75/80 años (en el mejor de los casos) es un lapso demasiado corto como para entender lo que ha sido meticulosamente instaurado por años.
Debo ser sincero que me decepciona la humanidad incluyéndome, al ver que aún no encontramos salida a este laberinto que significa prevalescer nuestras emociones en pos de la felicidad y que, sin embargo, hace que a todos los que toman una opcion distinta, ser renegados por nosotros mismos, los engranajes que mantienen esto andando, basta con ver la mirada complaciente de las personas normales cuando pasan por el lado de un mendigo, esos ojos tristes que piensan en que la gente pobre necesita ayuda traducida en papeles con cifras impresas que dictan cuan alta o baja puede ser tu dignidad. Me entristece más la complacencia que la pobreza, mal que mal…creo que esas personas que estan en esa situación si bien es cierto pueden tener escasez de muchas cosas que nosotros priorizamos, tienen una riqueza que no se puede avaluar y solo con ello pueden sentirse mejor que cualquier millonario de pacotilla. El tiempo para sí mismos, la administración de cada una de sus acciónes en beneficio de su propia supervivencia, y no del acaudalamiento de riquezas para ningún pelotudo.
Y nosotros, entes soñadores de un mundo nuevo…debemos conformarnos con la ausencia de herramientas para hacer frente a todo esto, que todos los escritos fallaron, que no hay salida por que nuestra cabeza ya tiene el chip que nos dice que el consumo, la proyección y el estatus es una prioridad oculta en lo mas profundo de nosotros. Cada vez me parece menos descabellada la idea de que la única manera de salvarnos de nosotros mismos es la autodestrucción, esa que nos aterroriza y nos impide negar lo que históricamente se manifiesta en hechos concretos, donde no conocemos más que errores cuando hablamos de resultados para vivir de manera equánime y equitativa, y en donde la justicia no es más que una mujer exótica que balanza una fortuna que está escrita con nuestras vidas al servicio de lo material.
Cambio y fuera.